Tengo un volcán y no quiero respirar
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Sam tiene un volcán dentro que se enciende cuando se enfada. Su hermana Alba aprendió a calmarlo respirando, pero a él eso no le funciona. Cuando la rabia explota, ¡no quiere respirar!
Tengo un volcán y no quiero respirar, de Míriam Tirado y Joan Turu, muestra a los niños que no existe una única forma de gestionar la rabia y que podemos descubrir diferentes recursos hasta encontrar aquellos que nos ayudan.
Un cuento especialmente interesante para acompañar enfados y rabietas sin convertir la respiración en una obligación. Incluye además una doble página con consejos para familias y escuelas.
Descripción
Tengo un volcán y no quiero respirar
Sam tiene un volcán dentro.
Cuando se enfada, el volcán se enciende y la rabia empieza a crecer.
Su hermana Alba también tiene uno. Ella aprendió, con ayuda del hada de los volcanes, que respirar podía ayudarla a calmarlo.
Pero Sam es diferente.
Cuando está muy enfadado no quiere respirar.
Es más: en ese momento siente que ni siquiera puede hacerlo para calmarse.
Así que el hada de los volcanes tendrá una nueva misión: encontrar otras formas de ayudar a Sam cuando su volcán entra en erupción.
¿Y si respirar no me funciona?
Esta es la pregunta que hace especialmente interesante a Tengo un volcán y no quiero respirar.
En educación emocional enseñamos diferentes estrategias para recuperar la calma y una de las más conocidas es la respiración.
Puede ser una herramienta muy útil.
Pero no funciona igual para todas las personas ni necesariamente en todos los momentos.
Cuando la rabia ha alcanzado una intensidad muy alta, pedir repetidamente a un niño que respire puede convertirse incluso en otra fuente de frustración.
Sam representa precisamente a esos niños que parecen decirnos:
«Ahora mismo no puedo».
No hay una única manera de regularnos
Míriam Tirado creó esta historia a partir de una experiencia personal.
Una de sus hijas podía utilizar la respiración cuando sentía rabia, mientras que otra le explicaba que cuando estaba muy enfadada esa estrategia no le servía.
Aquello llevó a la autora a plantearse una cuestión importante:
¿Qué podemos hacer cuando respirar no funciona?
La respuesta del cuento no consiste en sustituir una receta por otra.
Consiste en ampliar nuestra caja de herramientas.
Cada niño puede necesitar algo diferente
Dos niños pueden sentir una emoción parecida y necesitar respuestas distintas.
A uno puede ayudarle respirar.
Otro quizá necesite movimiento.
Puede haber quien busque distancia durante unos minutos.
Otro necesitará proximidad y acompañamiento.
Y lo que funciona un día puede no funcionar exactamente igual en otra situación.
La regulación emocional no consiste en encontrar una técnica universal.
Consiste también en conocernos y descubrir qué recursos pueden ayudarnos.
Cuando el volcán ya ha explotado
Hay una diferencia importante entre notar que empezamos a enfadarnos y encontrarnos en mitad de una explosión de rabia.
Cuanto antes reconocemos las señales, más posibilidades tenemos de utilizar nuestros recursos.
Pero cuando la emoción ya es muy intensa, pensar, escuchar instrucciones o aplicar una estrategia puede resultar mucho más difícil.
Por eso no todo el aprendizaje emocional tiene que ocurrir durante la rabieta.
Los momentos de calma también son importantes para hablar sobre lo sucedido y descubrir juntos qué podríamos probar la próxima vez.
La rabia no es el problema
La rabia es una emoción.
Puede aparecer cuando algo nos parece injusto, cuando encontramos un límite, cuando estamos frustrados o cuando una situación no ocurre como esperábamos.
Sentirla no convierte a un niño en malo ni significa que esté comportándose así para complicarnos las cosas.
Lo que sí necesita aprender progresivamente es qué puede hacer con esa emoción.
Podemos estar muy enfadados.
Pero eso no significa que cualquier comportamiento sea válido.
Validar la emoción y mantener el límite
Acompañar respetuosamente un enfado no significa permitirlo todo.
Podemos reconocer lo que siente el niño y mantener al mismo tiempo un límite.
«Entiendo que estés muy enfadado».
Y también:
«No voy a dejar que pegues».
Las dos ideas pueden convivir.
La emoción necesita espacio.
Las conductas siguen necesitando límites.
Este equilibrio resulta fundamental cuando acompañamos rabietas y momentos de gran intensidad emocional.
No convertir una herramienta en una obligación
«Respira».
«Venga, respira».
«Te he dicho que respires».
Una estrategia pensada para ayudar puede perder su utilidad cuando se convierte en una orden repetida en pleno enfado.
Si el niño siente que no puede utilizarla, además puede terminar pensando que está gestionando mal su emoción porque aquello que funciona a otros no le funciona a él.
Sam permite transmitir un mensaje diferente:
si esta herramienta no te ayuda ahora, podemos buscar otras.
Construir nuestra propia caja de herramientas
Uno de los grandes aprendizajes que podemos extraer del cuento es que la regulación emocional necesita recursos diversos.
No todos servirán siempre.
Pero cuantos más conozcamos, más posibilidades tendremos de encontrar alguno que pueda ayudarnos cuando aparezca la rabia.
La historia puede convertirse así en un punto de partida para preguntarnos en familia o en clase:
¿Qué cosas me ayudan cuando estoy enfadado?
¿Qué necesito cuando mi volcán empieza a calentarse?
¿Qué cosas empeoran mi enfado?
¿Cómo puedo pedir ayuda?
Primero necesitamos reconocer el volcán
Antes de utilizar cualquier estrategia necesitamos empezar a identificar qué está ocurriendo.
La rabia también se siente en el cuerpo.
Quizá apretamos los puños.
Notamos calor.
Hablamos más fuerte.
Nos ponemos tensos.
Tenemos ganas de gritar, golpear o alejarnos.
Cada persona puede descubrir sus propias señales.
Aprender a reconocerlas permite intervenir progresivamente antes de que el volcán llegue a su erupción más intensa.
Acompañar no significa solucionar inmediatamente
Cuando un niño está muy enfadado, los adultos podemos sentir la necesidad de conseguir que deje de estarlo cuanto antes.
Queremos encontrar la frase correcta.
La técnica correcta.
La solución correcta.
Pero acompañar una emoción no siempre significa hacerla desaparecer rápidamente.
A veces nuestra tarea consiste simplemente en proporcionar seguridad, mantener los límites necesarios y permanecer disponibles mientras la intensidad disminuye.
Después de la tormenta también podemos aprender
Cuando recuperamos la calma aparece otro momento importante.
Podemos revisar lo ocurrido sin convertirlo en un interrogatorio.
¿Qué pasó?
¿Qué notaste?
¿Qué necesitabas?
¿Hubo algo que te ayudó?
¿Qué podríamos probar la próxima vez?
Estas conversaciones permiten transformar una situación difícil en una oportunidad para conocernos mejor.
No buscamos culpables.
Buscamos comprensión y nuevos recursos.
No compararnos con otros niños
Alba puede respirar.
Sam no.
Y ahí aparece otra idea especialmente valiosa.
Que una estrategia funcione para un hermano, compañero o alumno no significa que tenga que funcionar exactamente igual para otro.
«Mira cómo tu hermana sí puede».
«Los demás ya están tranquilos».
Las comparaciones rara vez ayudan a regular una emoción.
Cada niño está construyendo sus propias herramientas y necesita acompañamiento para descubrirlas.
Los adultos también necesitamos herramientas
Las rabietas infantiles no ocurren en el vacío.
Cuando un niño grita, llora o pierde el control, también pueden activarse emociones intensas en el adulto.
Frustración.
Cansancio.
Impotencia.
Vergüenza si ocurre delante de otras personas.
Rabia.
Acompañar emocionalmente a un niño también implica prestar atención a nuestro propio estado.
No necesitamos hacerlo perfectamente.
Pero cuanto mejor podamos reconocer qué nos ocurre, más fácil será ofrecer seguridad sin añadir todavía más intensidad a la situación.
Un recurso para familias
El cuento puede ayudar a que las familias hablen sobre la rabia fuera del momento de conflicto.
Eso resulta especialmente valioso.
Podemos conocer a Sam, observar qué le sucede y utilizar su experiencia para hablar de nosotros.
¿Qué pasa cuando nuestro volcán se enciende?
¿Cómo sabemos que está empezando?
¿Qué solemos hacer?
¿Qué podríamos probar?
Hablar desde la historia permite abordar el tema sin señalar directamente al niño.
También para el aula
La rabia y la frustración forman parte de la vida escolar.
Perder en un juego.
No conseguir hacer una actividad.
Esperar un turno.
Recibir un límite.
Discutir con un compañero.
Equivocarse.
Cambiar de actividad cuando no queremos.
El cuento puede utilizarse para construir un lenguaje compartido sobre estas situaciones y recordar que no todos necesitamos exactamente lo mismo para recuperar la calma.
Consejos para familias y escuelas
Esta edición incluye además una doble página con consejos de Míriam Tirado dirigida específicamente a familias y escuelas.
Es un añadido especialmente interesante porque permite continuar trabajando el tema después de terminar la historia.
De esta manera, el libro no se queda únicamente en la aventura de Sam y el hada de los volcanes, sino que proporciona también orientación para los adultos que acompañan estos momentos.
Una continuación que amplía Tengo un volcán
Tengo un volcán presentó a muchos niños la metáfora del volcán para comprender la rabia y utilizó la respiración como herramienta para recuperar la calma.
Esta nueva historia no contradice aquel aprendizaje.
Lo amplía.
Respirar puede funcionar.
Pero no es la única posibilidad.
La educación emocional necesita adaptarse a las personas y no obligar a todas las personas a adaptarse a una única técnica.
Encontrar lo que funciona para nosotros
Sam no necesita convertirse en Alba.
Necesita descubrir a Sam.
Reconocer su volcán.
Comprender qué le ocurre.
Probar recursos.
Descartar aquellos que no le ayudan.
Encontrar otros.
Y aprender poco a poco qué necesita cuando la rabia aparece.
Ese es probablemente el aprendizaje más valioso de Tengo un volcán y no quiero respirar:
no existe una única manera correcta de calmarnos.
Podemos aprender diferentes herramientas hasta construir nuestra propia forma de atravesar la rabia.
¿Por qué nos gusta?
- Presenta la rabia como una emoción que podemos aprender a comprender y gestionar.
- Parte de una situación muy real: niños a los que respirar no les ayuda cuando están muy enfadados.
- Evita presentar una única técnica como solución universal.
- Ayuda a ampliar la caja de herramientas de regulación emocional.
- Refuerza la importancia de conocer las necesidades individuales de cada niño.
- Permite diferenciar entre validar una emoción y permitir cualquier conducta.
- Ayuda a hablar sobre las señales corporales que aparecen con la rabia.
- Favorece conversaciones sobre qué nos ayuda y qué no cuando estamos enfadados.
- Evita las comparaciones entre niños que se regulan de maneras diferentes.
- Tiene mucho recorrido tanto en familia como en el aula.
- Recupera al hada de los volcanes y amplía lo aprendido en Tengo un volcán.
- Incluye una doble página con consejos de Míriam Tirado para familias y escuelas.
- Está escrito por Míriam Tirado e ilustrado por Joan Turu.
Ficha técnica
Título: Tengo un volcán y no quiero respirar
Autora: Míriam Tirado
Ilustrador: Joan Turu
Traducción: Ana Mata Buil
Editorial: Carambuco
Colección: Calita
Idioma: Castellano
Páginas: 36
Encuadernación: Tapa dura
Formato: 24 × 27 cm
Año de esta edición: 2024
EAN / ISBN: 9788410252097
Materias
- Álbum ilustrado
- Rabia
- Enfado
- Rabietas
- Educación emocional
- Regulación emocional
- Frustración
- Autoconocimiento
- Acompañamiento emocional
- Crianza respetuosa
- Emociones
Información adicional
| Formato | Cartón duro (3 a 4 años), Álbum ilustrado |
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